Castilla tuvo durante el barroco una evolución artística muy personal, que en gran medida se debe a la evolución política de los últimos Austrias. En 1601 y 1606 Felipe III por influencia del Duque de Lerma, trasladó la corte a Valladolid, haciendo de esta ciudad el centro de una gran actividad cultural. Como no podía ser de otro modo la cultura del comienzo del barroco castellano estuvo marcada por la herencia del tardo manierismo y por una sociedad profundamente contrarreformista, y por la llegada de importantes artistas que acuden a la ciudad atraídos por la presencia de la Corte. Uno de los que llegó con la intención de hacerse un lugar entre ellos, fue un escultor de origen gallego,Gregorio Fernandez, que encontrará en la clientela de ordenes religiosas y cofradías el éxito que buscaba.
Su estilo evoluciona desde el manierismo romanista de sus años de formación en el taller de su padre y en Madrid, con profusión de telas y ropajes de amplios pliegues y anatomías poderosas, en la linea de los Leoni; a un barroquismo pleno en sus ultimas obras en las que buscas efectos más dramáticos, una mayor expresividad, contrastes de lineas y de efectos más teatrales en la iluminación. Dado el tipo de clientela que tenía la mayor parte de sus creaciones son tallas procesionales, terreno en el que desarrolló a partir de modelos anteriores algunas tipologías que se convertirán en referentes continuos de la imaginería procesional de barroco castellano.
Todos elementos están potenciados por la policromía dada a la madera, que consigue captar como la vida a abandonado el cuerpo y se empiezan a percibir las primeras huellas de la muerte, el tono frío de la piel, los labios azulados, el vientre hundido, la flacidez de los músculos. Además para aumentar el efecto dramático se recurrió a emplear materiales que aumentaran el efecto realista, como ojos de cristal, uñas de asta, corcho para reproducir las heridas y llagas... De todos los yacentes realizados por Gregorio Fernández y su taller posiblemente uno de los más logrados es el que se conserva actualmente en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, tallado entre 1625-1630, originalmente para la iglesia Casa Profesa de los Jesuitas de Madrid. Como en otros yacentes no sabemos su ubicación y utilización exacta, aunque en este caso no debió emplearse como talla procesional, posiblemente se colocara en el banco del altar, a la vista de todos los fieles, con lo que esa disposición a ras de suelo y la iluminación de recibiría aumentaría el efecto de encontrarse realmente delante del un cuerpo muerte.
Esta presencia de lo real, el convertir a lo sagrado en algo real y tangible es algo propio de la mentalidad y de la estética del barroco español. Su buscaba que el creyente se encontrara delante de una verdad innegable, la imágenes no sólo desfilaban por las calles, mecidas y llevadas como si realmente fueran ellas las que se movieran, sino que su contemplación era la base de los sermones de cuaresma y Semana Santa. El objetivo era que esa visión permitiera revivir las experiencias, de sentir los mismos sufrimientos, y así mover a la oración y a la penitencia.
Otro tipo de gran difusión fue el de el Cristo Flagelado, también destinado a alguna de las cofradías vallisoletanas, como la de la Vera Cruz o el conservado en el Museo Catedralicio de esa ciudad, esta visión del Ecce Homo de 1621 muestra el momento en el que Cristo después de ser azotado, es presentado a los judios, diciendo: ¡He aquí el Hombre! (Ecce Homo). Demuestra un gran control de la anatomía y de la talla del desnudo masculino, tan sólo un paño de pureza de tela encolada cubre una figura que Gregorio Fernandez concibió completamente desnuda; está pensado para ser contemplado desde todos los puntos de visto y originalmente debía completarse con una soga atando las manos, una corona de espinas en las sienes y un manto púrpura sobre los hombros. De este mismo tipo realizó algunas variaciones, como el atado a la columna (de la cofradía de la Vera Cruz ) o sentado con una caña entre las manos. El máximo esponente de la talla son los grandes conjuntos procesional con gran cantidad de figuras y una compleja escenografia, como el del descendimiento
La obra de Gregorio Fernández creó modelos que se convirtieron en clásicos dentro de la imaginería procesional castellana, muchos de los cuales aun siguen siendo empleados por cofradías y hermandades. De estos podemos destacar los crucificados, que cuelgan muertos de los tres clavos, con el rostro sereno, pero doliente;en el tema de la Piedad combina la sensación cadavérica y pesada de los yacentes, con el dramatismo y la angustia de la Virgen, concebida con una composición asimétrica en diagonal da un aspectos más dinámico, potenciando las luces y sombras, un claroscuro conseguido con pliegues duros y acartonados, como el paso de la Sexta Angustia (1617) propiedad de la Cofradía del mismo nombre y depositado en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid.
Otro tipo de gran difusión fue el de el Cristo Flagelado, también destinado a alguna de las cofradías vallisoletanas, como la de la Vera Cruz o el conservado en el Museo Catedralicio de esa ciudad, esta visión del Ecce Homo de 1621 muestra el momento en el que Cristo después de ser azotado, es presentado a los judios, diciendo: ¡He aquí el Hombre! (Ecce Homo). Demuestra un gran control de la anatomía y de la talla del desnudo masculino, tan sólo un paño de pureza de tela encolada cubre una figura que Gregorio Fernandez concibió completamente desnuda; está pensado para ser contemplado desde todos los puntos de visto y originalmente debía completarse con una soga atando las manos, una corona de espinas en las sienes y un manto púrpura sobre los hombros. De este mismo tipo realizó algunas variaciones, como el atado a la columna (de la cofradía de la Vera Cruz ) o sentado con una caña entre las manos. El máximo esponente de la talla son los grandes conjuntos procesional con gran cantidad de figuras y una compleja escenografia, como el del descendimiento
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